domingo, 22 de marzo de 2009

Historias mínimas

Ayer encontré una abeja en mi cuarto, parada justo al lado de una ojota. Era el destino, pidiéndome a gritos que la haga pedazos contra el piso, pero contuve mi instinto más primitivo y mientras me iba a bañar le abrí la ventana para que pudiera escapar.
Al volver de la ducha lo primero que hice fue mirar al piso, efectivamente ella seguía en el mismo lugar. Esto comenzó a llamarme la atención, estaba a punto de hablarle para contarle que la ventana estaba abierta, que se podía ir cuando quisiera.
Mientras me cambiaba decidí darle otra oportunidad, iba a salir dejando la ventana abierta, arriesgándome a que se colaran en mi cuarto toda clase de bichos, y así lo hice.
En el camino pensaba lo difícil que sería que se quede mientras yo salía, pensaba que si la encontraba al volver podía invitarla a quedarse, hacerle una casita… ¿Qué se le da a una abeja? ¿Agua? ¿Miel?
Ya entrada la noche y con algunas copas encima me olvide de mi nueva amiga.
Más tarde volví a mi casa, fui a mi cuarto, tire las zapatillas y la ropa al piso. Estaba por acostarme cuando recordé la secuencia anterior, me parecía imposible que la abeja siguiera en mi cuarto pero igual temí haberla aplastado con el vuelo de mis zapatillas.
Prendí la luz y ahí estaba, en el mismo lugar donde la había visto las ultimas dos veces. Esta vez me sorprendí mucho más, ¡había salido por más de seis horas! Me acerque lentamente y agarre la ojota, con un dedo la ayude a subirse y la acompañe hasta la ventana que seguía abierta. Permanecí con la ojota en la ventana por unos segundos pero la abeja no se movía, nuevamente con el dedo la empuje suavemente y se fue. Cerré la ventana y me fui a acostar.
Hoy al despertarme recordé mi promesa de invitarla a quedarse, hacerle una casita. Levante las persianas y me asome a la ventana, ya no estaba más.

jueves, 19 de marzo de 2009

Reflexión...

Ahora que tengo blog, ¿tengo que empezar a…
leer a Liniers?
escuchar a Kevin Johansen?¿A Spinetta?
ir al malba? ¿Al bafici? ¿A la bomba del tiempo?
usar lentes con marco negro?¿Botitas converse de cuero?
¿Pantalones de corderoy?¿Chombas a rayas?
estar triste?

martes, 17 de marzo de 2009

Teoria de las decisiones


Muchas veces nos toca tomar decisiones, y si bien hay mil direcciones a seguir me gusta pensar que las opciones son solo dos: hacer algo, o no hacerlo.
Puede que este simplificando el panorama de posibilidades, pero en definitiva todo se resume a esas dos opciones. Una vez que se dividen las aguas se nos presentan dos caminos a seguir, e intuitivamente buscamos el más corto.
Pero no hay que apurarse, si volvemos al dilema de hacer o no hacer algo, no hacerlo parece mucho más fácil, simplemente porque llevarlo a cabo significa un esfuerzo. ¿Es así realmente? Las apariencias engañan, y en realidad no hacer aquello que pensamos lleva el peso eterno de cargar con la duda de que hubiera pasado.
En cambio, el camino que parecía “difícil” es en realidad el que toman quienes no quieren llevar ese peso en su mochila.
También me gusta pensar que hay dos tipos de personas, las que prefieren arrepentirse de lo que hacen, y las que prefieren arrepentirse de lo que no hicieron. Otra vez, las dos opciones.
Hay dos hombres en un bar y una chica en la barra. Uno se acerca y le invita un trago, el otro se queda solo. ¿Cuál de los dos es el valiente? Probablemente ambos lo sean, viviendo la misma historia desde orillas enfrentadas.

domingo, 15 de marzo de 2009

Memorias de un viaje al abismo

Probablemente la mayoría de las personas piense que un viaje comienza el día de la fecha de partida, ya sea de un barco, micro, tren, o avión.
Otros más aventureros se animan a decir que este empieza en el mismo momento en que lo soñamos por primera vez. Y que las averiguaciones como los preparativos forman tanta parte del viaje como el hecho de llegar al primer lugar.
En cambio, quienes saben que para volar no es necesario despegar los pies del suelo, aseguran que un viaje comienza mucho antes, casi sin que nos demos cuenta.
Este verano decidí hacer un viaje distinto. Ingenuamente creí que este comenzó el día en que definí el lugar, hoy se que ni esa fue la fecha de partida, ni ese el lugar a donde fui.
Aún no puedo precisar cuando comenzó pero se que ya esta por terminar, y que la fecha de vuelta tampoco será la que diga mi boleto. Puede que tarde unos días más en llegar, puede que tome el avión habiendo terminado ya, probablemente sea el fin el siguiente punto final.
A lo lejos veo el abismo, último destino de un viaje que comenzó hace tiempo, tomo carrera. Se que mientras termina uno comienza otro, y es que la vida es un viaje y vivir es seguir viajando.
No se que pasara ahora, ese es el encanto de planear. Estoy tan solo a unos pasos, abro mis alas, solo una cosa me queda por decir: ¡Buen viaje!

miércoles, 11 de marzo de 2009

Las dos cosas de la vida

Aparentemente el gran secreto de la vida es uno solo y consta de dos partes.
Por un lado, es ese sueño interruptus que tenemos desde chicos y que se nos repite cada tanto agregándole de a poco retazos de escenas. Ese que nos deja una extraña sensación, mezcla de deja vu y de habernos despertado justo antes de ver el final.
La otra parte es esa cara que cruzamos por la calle y por mas que lo intentamos no pudimos recordar de donde nos sonaba.
Dicen que quienes mueren de noche sueñan por última vez que están en un gran cine, de paredes blancas y butacas muy cómodas donde solo hay dos personas. Al apagarse las luces comienza la función y el soñador permanece en silencio contemplando maravillado la extraordinaria proyección.
Dicen también que cuando esta finaliza el hombre se pone de pie y mientras sus lágrimas inundan la sala aplaude con más fuerza y emoción que nunca.
Lo curiosos sucede cuando comienzan a pasar los créditos y el espectador descubre no solo que la fecha de realización es la misma que la de su nacimiento, sino también que es solo su nombre el que se repite bajo los rótulos de director, actor, productor ejecutivo y camarógrafo.
Es ahí cuando uno comprende que esa es la película de su vida, la misma que vio una sola vez entera segundos antes de nacer y que se le repitió a lo largo de toda su vida en forma de un gran sueño inconcluso.
Es al final de la proyección que el hombre encuentra respuesta a todas sus dudas que nunca pudo responder.
En ese momento vuelven a encender las luces y el soñador recuerda la presencia de un segundo espectador en las primeras filas. En ese instante este se da vuelta y mientras camina hacia nuestra butaca recordamos quien ese. El mismo que nos paso la película por primera vez, ese que cruzamos por la calle pero no pudimos recordar de donde lo conocíamos.
Se acerca aplaudiendo, porque el también disfruto la función, y con una mirada te confirma aquello que el filme te ayudo a descubrir.
Por cortesía te pregunta si hay algo que quieras saber, si hay alguna pregunta que quieras hacerle. Ya sin ninguna duda, un simple movimiento de negación basta para que te acompañe hacia la salida y con una última mirada te deje andar solo por un largo pasillo blanco.
Dicen también, que son aquellos que se quedan con dudas quienes amanecen aturdidos en un quirófano. Este es el caso del célebre escritor Victor Sueiro, una eminencia contando historias del más allá, pero malísimo a la hora de interpretar una película.

La impresora de los sueños

Claro, ¡como una impresora de los sueños! Que don maravilloso el de la pintura, pensé. Si supiera dibujar todos podrían ver aquello que se cruzara por mi mente. Por un segundo la idea me pareció genial, luego, me daba escalofríos.
Ningún artista puede evitar plasmar sus ideas en un lienzo, por ende, sus mayores secretos nunca estarán bien guardados.
Como un pedo en una sábana, hay cosas que son solamente para uno.
¿Qué sería del mundo si todos pudiesen transformar en realidad sus ideas? Probablemente ya nada nos sorprendería. Aun peor, nuestras mayores fantasías nos parecerían comunes y vulgares.
Nunca intenten contar un buen sueño, jamás será tan vivo como cuando realmente sucedió, y el desprecio de nuestros comensales nos hará sentir que no fue tan real.
Con tantos pintores, cineastas, arquitectos y taxistas hay que estar atentos. Nunca sabemos cuando pueden robarnos un sueño, y cruzarlo por la calle bajo la firma de otro.
Duermo tranquilo. Mis sueños vivirán por siempre, lejos de los ladrones de ideas, para nunca volverse realidad.

Sobre los que viajan hacia atrás

A simple vista parece que viajar hacia delante o hacia atrás en un tren se debe tan solo a combinaciones azarosas del destino o a la incierta voluntad de quien presiona una tecla del otro lado del mostrador.
Recientemente un estudio de la Universidad de Massachussets nos demuestra lo contrario. El Dr. Encargado del proyecto nos comenta: “si ponemos a 100 personas en un tren algunas decidirán viajar hacia un lado y otras hacia el otro, muy pocos serán los que viajen de un modo en el que no desean ya que las estadísticas comprueban que esta tendencia divide a la población en dos grandes grupos”.
Aquellos que viajan mirando hacia adelante pertenecen al grupo de los optimistas, gente que no desea ver lo que deja atrás sino lo que esta por conocer, gente ansiosa que ve como fugazmente se acerca a aquello que minutos antes apenas veía a lo lejos.
Estas personas viven cada momento sin pensar que no se va a repetir. “mira que rápido pasó ese árbol” suelen decir, y sin darse vuelta a ver que fue de este, ya se encuentran obnubilados por una vaca o un cartel que acaba de pasar.
Quienes viajan mirando hacia atrás pertenecen a un grupo completamente opuesto, tan opuesto que llama la atención como pueden uno y otro viajar enfrentados!
Estos seres nostálgicos se dirigen hacia un nuevo lugar viendo aquello que dejan, como cada segundo al alejarse los objetos se vuelven más y más pequeños al punto de desaparecer.
Es aquí cuando el viajante es invadido por un frío escalofriante y una sensación de nunca volver a ver aquello de lo que se aleja.
Vulgarmente esta sensación es conocida como mareo, los médicos (fanáticos de las ciencias y los hechos comprobables) adjudican este fenómeno a la inadaptación del cuerpo humano a trasladarse en un sentido antinatural a grandes velocidades.
Nosotros, en cambio, sabemos que el “mareo” es el grito del cuerpo que intenta expresar el dolor de dejar algo atrás para nunca más volver.
Hay quienes experimentan sensaciones tan profundas que silenciosamente se pasan al otro bando, y siempre que pueden piden un asiento que mire al frente y bien lejos de la ventanilla (para no tentarse con despedir al pasado).
Pero hay otro grupo, gente que se marea hasta el límite, pero se muerde los labios para aguantar el aluvión. Estos hombres saben muy bien que el dolor es lo que nos recuerda que estamos vivos y que no hay mejor amor que el amor imposible, ese que se escapa por la ventana para no volver jamás.
Pobre de estos hombres cuando el boletero los hace viajar hacia el otro lado, o a quienes el compañero de asiento les cierra la cortina, porque no quiere soñar.