miércoles, 11 de marzo de 2009

Sobre los que viajan hacia atrás

A simple vista parece que viajar hacia delante o hacia atrás en un tren se debe tan solo a combinaciones azarosas del destino o a la incierta voluntad de quien presiona una tecla del otro lado del mostrador.
Recientemente un estudio de la Universidad de Massachussets nos demuestra lo contrario. El Dr. Encargado del proyecto nos comenta: “si ponemos a 100 personas en un tren algunas decidirán viajar hacia un lado y otras hacia el otro, muy pocos serán los que viajen de un modo en el que no desean ya que las estadísticas comprueban que esta tendencia divide a la población en dos grandes grupos”.
Aquellos que viajan mirando hacia adelante pertenecen al grupo de los optimistas, gente que no desea ver lo que deja atrás sino lo que esta por conocer, gente ansiosa que ve como fugazmente se acerca a aquello que minutos antes apenas veía a lo lejos.
Estas personas viven cada momento sin pensar que no se va a repetir. “mira que rápido pasó ese árbol” suelen decir, y sin darse vuelta a ver que fue de este, ya se encuentran obnubilados por una vaca o un cartel que acaba de pasar.
Quienes viajan mirando hacia atrás pertenecen a un grupo completamente opuesto, tan opuesto que llama la atención como pueden uno y otro viajar enfrentados!
Estos seres nostálgicos se dirigen hacia un nuevo lugar viendo aquello que dejan, como cada segundo al alejarse los objetos se vuelven más y más pequeños al punto de desaparecer.
Es aquí cuando el viajante es invadido por un frío escalofriante y una sensación de nunca volver a ver aquello de lo que se aleja.
Vulgarmente esta sensación es conocida como mareo, los médicos (fanáticos de las ciencias y los hechos comprobables) adjudican este fenómeno a la inadaptación del cuerpo humano a trasladarse en un sentido antinatural a grandes velocidades.
Nosotros, en cambio, sabemos que el “mareo” es el grito del cuerpo que intenta expresar el dolor de dejar algo atrás para nunca más volver.
Hay quienes experimentan sensaciones tan profundas que silenciosamente se pasan al otro bando, y siempre que pueden piden un asiento que mire al frente y bien lejos de la ventanilla (para no tentarse con despedir al pasado).
Pero hay otro grupo, gente que se marea hasta el límite, pero se muerde los labios para aguantar el aluvión. Estos hombres saben muy bien que el dolor es lo que nos recuerda que estamos vivos y que no hay mejor amor que el amor imposible, ese que se escapa por la ventana para no volver jamás.
Pobre de estos hombres cuando el boletero los hace viajar hacia el otro lado, o a quienes el compañero de asiento les cierra la cortina, porque no quiere soñar.

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